Emperador triste

Verhelst & Cneut

Una mañana el Emperador despertó y no consiguió levantarse. Abatido por la Tristeza permaneció en la cama mirando un punto fijo sin ver nada, durante días. De pronto dijo, sin dirigirse a nadie, como hablando en medio de un sueño profundo: —Tristeza, sólo hay Tristeza. Y el Emperador suspiró, como un globo que se deshincha. Al Médico Imperial le asaltó el pánico. —Debemos curar al Emperador antes de que se contagie todo el país —opinó, así que untó al Emperador con fango hirviente, le dio a beber infusiones secretas, trajo a cuentachistes y a osos danzantes, hizo venir a unas damas entendidas en masajes, y clavó agujas en los Lóbulos Imperiales y en las Plantas de los Pies Imperiales, pero nada surtió efecto. El Emperador yacía en cama con la mirada perdida, como si estuviera hechizado. El Médico Imperial susurró: —Quizá padezca una enfermedad desconocida. Acudieron médicos de todo el país, pero ninguno dio con la solución. —¡El ruiseñor! —exclamó el Médico Imperial—. ¡Cómo es posible que no se nos haya ocurrido antes! El ruiseñor cantó su canción día y noche, en vano. El Emperador no mejoró. Al contrario. La Tristeza que a esas alturas le cubría por completo alcanzó también al ruiseñor. Los que estaban reunidos en torno a la Cama Imperial escucharon un extraño ¡clic! y, después de unas notas desafinadas, la melodía empezó a desvanecerse hasta que se extinguió del todo. El ruiseñor enmudeció, con el pico abierto. El oro se apagó. Las joyas perdieron su brillo.

Goedele

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Andersen Goedele De Sterck