

A duras penas me abrí paso por entre el denso aire, hacia arriba, trepando por el árbol más alto, hasta alcanzar la copa, que parecía estar a kilómetros de distancia. Me sujeté a una rama con las piernas. Jadeante y empapada en sudor, puse las manos como un embudo ante la boca y grité, chillé, aullé, hasta que tuve la garganta en llamas y ya no pude pronunciar palabra. No hubo respuesta. Seguí esperando. Ignoro cuánto tiempo estuve allí, pero sé que siempre hay alguien que te oye por mucho que la Tristeza se empeñe en sofocar cualquier ruido. Esa noche, mientras me acurrucaba afónica en mi árbol, oí de pronto una voz susurrante que reconocí de inmediato: —No podemos quedarnos aquí. Puede que nos vea alguien. Demasiado peligroso. Cierra los ojos. Confía en mí. Eso fue lo que escuché. No está claro que haya que confiar en nadie cuando estás en la copa de un árbol, y mucho menos con los ojos cerrados. Por todas partes se oían ruidos que me recordaban a los abanicos con los que los sirvientes del palacio ahuyentaban el calor, cientos de abanicos. El viento se sentía por todos lados. Era como si a todo mi cuerpo lo sujetaran miles de yemas de dedos. Mis pies se desprendieron del árbol. |