Ruiseñor

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Los ruiseñores cantaron aún más alto. Y más. Y más. Había que tener paciencia. Miré por la ventana al Jardín de los Jardines, que restallaba bajo el efecto del canto de los ruiseñores. Un delirante concierto de colores y olores. Me puse de pie en el alféizar, me desperecé y canté a voz en grito yo también. Un leve rubor coloreó las mejillas del Emperador. Movió un poco la cabeza y miró con sorpresa a los pájaros, que salieron volando a toda prisa por la ventana. El Emperador se incorporó y, después de examinarse brevemente los brazos y la barriga, se fijó en mí, una muchacha sentada en el Alféizar Imperial. Se aclaró la garganta y preguntó: —¿Era ése… el…? —¿El ruiseñor? —completé yo—. No. Eran los ruiseñores de todo el país. El Emperador se pasó la mano por la mejilla y por la cabeza. Percibió una barba y unos cabellos donde antes había una mejilla lisa y una coleta. Le costó trabajo levantarse. Se asomó a la ventana y miró el Jardín asilvestrado. Sacudió la cabeza, parpadeó y volvió a mirar para dar crédito a sus ojos. —¡Ay! —exclamó. —¡Ay! —contesté yo. El Emperador dejó vagar su mirada del Jardín hacia mí y de mí hacia el Jardín. —¡Ay, ay! —exclamó. Una vez más fijó la vista primero en el Jardín y luego en mí. —¡Ay, ay, ay! —contesté. 56

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