Rumores en la corte

Verhelst & Cneut

En ese instante, el Emperador estalló en una risa incontenible. Y esa risa incontenible se escapó por la ventana, pasó por debajo de la puerta y rodó escaleras abajo, botó como una pelota por los dormitorios, irrumpió con fuerza en los salones, se abalanzó sobre la puerta de entrada al palacio, entró disparada en el Jardín, se zambulló en el pantano, sopló por el bosque, chocó de plano contra la Tristeza, la arrastró hasta los límites del Imperio y, de un puntapié, la arrojó al mar. —¡Uf! —se repuso el Emperador sujetándose la barriga —. Qué gusto. Miró por la ventana. Sobre el Jardín flotaba una nube. Miles de ruiseñores. Una nube que adoptó la forma de la sonriente boca del Emperador. En todo el país, millones de personas fruncieron las cejas como si despertaran de un sueño profundo como el océano. Para su asombro, notaron que sus barrigas empezaban a dar sacudidas. Al rato estaban retorciéndose de risa. Se reían a carcajadas, desternillándose. —¡Uf! —suspiraron mientras se secaban las lágrimas de las mejillas—. ¡Qué gusto!

Goedele

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Andersen Goedele De Sterck